La extraña petición de Clara Whitmore
La extraña petición de Clara Whitmore
Por Deep Seek
Editado por Yu May
[Nota: Este fue un experimento para lograr que DeepSeek escribiera una historia sobre nalgadas. Realicé ediciones y adiciones menores donde consideré que eran útiles.]
Capítulo 1: La carta
La lluvia golpeaba suavemente el cristal agrietado de la ventana, un ritmo constante que acompañaba la inquietud en el pecho de Clara. Estaba sentada al borde de su cama, con los dedos temblando mientras recorrían los bordes del sobre que sostenía. El papel era grueso, caro, y llevaba su nombre escrito en una elegante caligrafía cursiva. Había llegado esa mañana, entregado por un mensajero que se limitó a decir: "Esto es para la Señorita Clara Whitmore".
Clara supo, incluso antes de abrirlo, que la carta era de él. El leve aroma a sándalo y tinta que desprendía el papel le recordaba el estudio donde había visto por última vez a su tío, Charles Whitmore. Habían pasado dos años desde que estuvo en esa habitación, con las manos apretadas detrás de la espalda y la barbilla alzada en desafío. Dos años desde que él, con su tono calmado y mesurado, le dijo que algún día entendería el peso de sus decisiones.
Tras recibir una buena tunda con la vara, había sentido la tentación de frotarse el trasero y suplicar perdón, pero en cambio, salió del caserón decidida a forjarse su propio camino en el mundo. Había conseguido trabajo en Londres como mecanógrafa y ganaba lo suficiente para pagar el alquiler de una pequeña (aunque acogedora) habitación en Baker Street.
Clara respiró hondo y deslizó el dedo bajo el sello, rompiéndolo con un suave crujido. La carta se desplegó con limpieza, revelando la precisa caligrafía de su tío. Leyó las palabras lentamente, cada frase apretando el nudo en su estómago.
"Mi querida Clara,
Ha llegado el momento de que regreses a casa. El pasado no puede quedar sin resolver, y hay asuntos que requieren tu atención. Confío en que no demorarás."
No había súplicas, ni disculpas, solo el mismo tono autoritario que ella recordaba. Clara apretó la mandíbula mientras doblaba la carta y la dejaba a un lado. Había construido una vida para sí misma allí, lejos de los imponentes salones de Whitmore Manor. Tenía amigos, un trabajo, una sensación de independencia. Y, sin embargo, la idea de ignorar su llamada parecía imposible. Charles Whitmore no era un hombre que hacía peticiones; hacía demandas, y esperaba que se cumplieran.
La lluvia se intensificó, el sonido ahora un tamborileo constante contra el cristal. Clara se levantó y caminó hacia la ventana, mirando las calles oscurecidas abajo. Los recuerdos inundaron su mente: su infancia en el caserón, las reglas estrictas, la desaprobación silenciosa que siempre la seguía como una sombra. Había sido una niña vivaz, demasiado curiosa para su propio bien, demasiado dispuesta a desafiar los límites que él imponía. Y él había sido inflexible, un pilar de disciplina y orden.
Se apartó de la ventana, con la determinación endureciéndose. Regresaría, no porque él lo ordenara, sino porque necesitaba enfrentarlo. Había palabras no dichas, heridas que nunca habían sanado. Y tal vez, solo tal vez, podría hacer que él la viera como algo más que la chica imprudente que había intentado moldear en algo que no era.
Clara preparó una maleta pequeña, con movimientos deliberados. Tomaría el tren temprano por la mañana, y para la tarde estaría de nuevo en el estudio, enfrentando al hombre que había dado forma a gran parte de su vida. No sabía qué le esperaba allí, pero de una cosa estaba segura: esta vez, no se rendiría.
Capítulo 2: El estudio
El viaje en tren a Whitmore Manor fue un borrón de cielos grises y campos ondulantes. Clara pasó la mayor parte del tiempo mirando por la ventana, con sus pensamientos enredados en una red de aprensión y determinación. Para cuando el carruaje llegó para llevarla desde la estación al caserón, la lluvia había cesado, dejando el aire cargado con el aroma de la tierra húmeda.
Las puertas de Whitmore Manor se alzaban ante ella, sus barrotes de hierro tan imponentes como los recordaba. La casa en sí no había cambiado: una extensa finca de piedra y hiedra, con ventanas que brillaban como ojos vigilantes. Clara bajó del carruaje, con la maleta en la mano, y respiró hondo antes de subir los escalones hacia la puerta principal.
El mayordomo, un hombre anciano llamado Graves, la recibió con una inclinación cortés. "Señorita Clara", dijo, con la voz tan formal como siempre. "El Señor Whitmore la espera en el estudio".
Clara asintió, con la garganta apretada. Siguió a Graves por los familiares pasillos, sus pasos resonando en los suelos de madera pulida. La puerta del estudio estaba ligeramente entreabierta, y Graves le hizo un gesto para que entrara antes de retirarse en silencio.
Charles Whitmore estaba de pie junto a la chimenea, de espaldas a ella, con las manos cruzadas detrás. Era tan alto e imponente como lo recordaba, con el cabello oscuro salpicado de canas en las sienes. Por un momento, Clara dudó, su valentía tambaleándose. Entonces él se volvió, sus penetrantes ojos azules encontraron los de ella, y Clara enderezó los hombros.
"Tío Charles", dijo, con la voz firme a pesar de la tormenta de emociones en su interior.
"Clara", respondió él, con un tono calmado pero firme. "Gracias por venir".
Ella avanzó más en la habitación, su mirada recorriendo los conocidos estantes de libros, el pesado escritorio de roble, el retrato de sus padres que colgaba sobre la repisa. Era una sala llena de recuerdos, algunos cálidos, otros dolorosos.
"Dijiste en tu carta que el pasado no puede quedar sin resolver", comenzó, cruzando los brazos. "¿Qué quisiste decir exactamente con eso?"
Charles la observó un momento antes de señalar la silla frente a su escritorio. "Siéntate, Clara. Tenemos mucho de qué hablar".
Ella dudó, pero finalmente tomó asiento, sin apartar la mirada de él. Charles se sentó frente a ella, con una expresión indescifrable.
"Hace dos años dejaste esta casa", dijo, con voz mesurada. "Eras joven, testaruda y decidida a abrirte camino en el mundo. No te detuve, porque creí que necesitabas aprender de tus propios errores. Pero ahora, parece que esos errores te han alcanzado".
Las mejillas de Clara se sonrojaron. "¿De qué estás hablando?"
"He oído sobre tu vida en la ciudad", continuó él, con una mirada penetrante. "Las noches largas, las compañías dudosas, las deudas que has acumulado. Has estado huyendo de la responsabilidad, Clara, como siempre lo has hecho".
Ella apretó los puños. "No sabes nada de mi vida".
"Sé lo suficiente", dijo él con brusquedad. "Y sé que si sigues por este camino, te destruirás. Por eso te llamé de vuelta. No para regañarte, sino para ayudarte".
Clara soltó una risa amarga. "¿Ayudarme? ¿Tú? ¿El hombre que nunca me mostró un ápice de comprensión o compasión? Siempre fuiste tan rápido para criticar, para decirme que no era lo suficientemente buena. ¿Tienes idea de lo que eso me hizo?"
Charles se inclinó hacia adelante, su expresión suavizándose ligeramente. "Clara, nunca quise hacerte sentir así. Pero debes entender: tus padres me confiaron tu cuidado tras su muerte. Tomé esa responsabilidad en serio. Tal vez demasiado en serio. Quise protegerte, guiarte, pero ahora veo que no te di lo que realmente necesitabas".
Ella apartó la mirada, con los ojos ardiendo por lágrimas contenidas. "No me fallaste, tío Charles. Solo... nunca me viste. No realmente. Siempre fui la rebelde, la difícil. Y no importaba lo que hiciera, nunca era suficiente".
Hubo un largo silencio, roto solo por el crepitar del fuego. Finalmente, Charles habló de nuevo, con voz más baja. "Lo lamento, Clara. De verdad. Pero no puedo cambiar el pasado. Lo que puedo hacer es ofrecerte una oportunidad para empezar de nuevo. Aquí, en Whitmore Manor. Si estás dispuesta a aceptarlo".
Clara se secó los ojos, con sus emociones en un torbellino de ira, tristeza y algo más, algo que casi parecía esperanza. "¿Por qué ahora?", preguntó. "¿Por qué después de todo este tiempo?"
"Porque ahora veo que me equivoqué", admitió él. "Y porque, a pesar de todo, sigues siendo mi familia. Quiero ayudarte, Clara. Pero debes estar dispuesta a dejarme".
Ella lo miró, realmente lo miró, y por primera vez, no vio al hombre severo e inflexible de su infancia, sino a un hombre que cargaba con sus propias culpas, sus propios remordimientos. Fue una revelación que la dejó sin aliento.
"De acuerdo", dijo finalmente, con voz apenas audible. "Me quedaré. Pero con dos condiciones".
"Nómbralas".
"Primero, que prometas verme por quien soy, no por quien crees que debería ser. Que reconozcas que ya no soy una niña".
Charles asintió, con una leve sonrisa en los labios. "Creo que es una condición que puedo aceptar. ¿Cuál es tu segunda exigencia?"
Clara tomó una respiración temblorosa. "Que... que me des una última tunda con la vara. Para castigarme adecuadamente, por haber actuado como niña hace dos años".
Capítulo 3: Responsabilidad
Por primera vez en su vida, Clara vio una grieta formarse en la resolución estoica de Charles Whitmore. "¿Castigarte con la vara? Pero Clara, dejaste muy claro que nunca volverías a aceptar una tunda cuando te fuiste para hacer tu propio camino en el mundo".
"Lo sé, tío Charles. No me arrepiento de haberme ido. Pero... sí me arrepiento de lo que te dije ese día. Decirte que no eras mi padre. Acusarte de robar mi herencia. Irme sin decir una palabra más. Pero al mirar atrás, ahora sé que solo intentabas llenar su lugar. Cuanto más pienso en ese día, más sé... Papá me habría dado una tunda con la vara, igual que tú. Estaba tan ansiosa por demostrarte que era una mujer adulta, que actué como una niña mimada".
El silencio en el estudio era pesado, el peso de las palabras de Clara flotando en el aire. Charles la observó, con una expresión mezcla de sorpresa y contemplación. Clara estaba sentada frente a él, con las manos apretadas en el regazo, el corazón latiendo con fuerza. Había hecho su petición, y ahora esperaba su respuesta.
"Clara", dijo al fin, con voz mesurada, "esto es... inesperado. ¿Estás segura de que es lo que quieres?"
Ella asintió, con la mirada firme. "Lo estoy. He pasado años huyendo de mis errores, evitando consecuencias, fingiendo que no me importaba. Pero sí me importa, tío Charles. Me importa la persona en la que me he convertido, y quiero ser mejor. Quiero asumir la responsabilidad por mis acciones, y quiero demostrarte, y a mí misma, que estoy lista para cambiar".
Charles se recostó en su silla, con los dedos entrelazados frente a él. "Entiendes que esta no es una decisión que se tome a la ligera. No se trata de castigar por el simple hecho de castigar, sino de asumir responsabilidades. Si te castigo con la vara, lo haré correctamente. ¿Estás preparada para lo que eso significa?"
"Lo estoy", dijo Clara con firmeza. "Sé que he cometido errores, y sé que debo enfrentarlos. Si esto es lo que se necesita para mostrarte, y a mí misma, que hablo en serio, estoy dispuesta a hacerlo".
Charles la observó por un largo momento, con expresión indescifrable. Luego, lentamente, asintió. "Muy bien. Si esto es realmente lo que quieres, respetaré tu petición. Pero debes saber, Clara: lo que ocurra a continuación no se trata de vergüenza o humillación. Se trata de crecimiento, y de la fortaleza que requiere enfrentar las propias fallas".
"Lo entiendo", dijo Clara suavemente.
"Entonces ve a tu antigua habitación en el cuarto de los niños", instruyó Charles. "La vara sigue allí, en el cajón superior del armario. Tráela, y procederemos".
Clara se levantó de la silla, con las piernas temblando bajo su peso. Salió del estudio y recorrió los familiares pasillos del caserón, con la mente en un torbellino de emociones. El cuarto de los niños estaba en el segundo piso, una habitación que no había visitado en años. Mientras subía las escaleras, los recuerdos regresaron: su infancia, las veces que había sido disciplinada, las lecciones que había aprendido, aunque no las entendiera del todo en ese momento.
Empujó la puerta del cuarto de los niños y entró. La habitación era tal como la recordaba, con sus paredes azul suave y la gran ventana que dejaba entrar la luz de la tarde. El armario estaba contra una pared, su madera oscura pulida hasta brillar. Clara cruzó la habitación y abrió el cajón superior, conteniendo el aliento al ver la vara dentro. Era delgada y lisa, una herramienta de disciplina que alguna vez le había llenado de temor.
La tomó, con los dedos temblando ligeramente al cerrar la mano alrededor del mango. Era más ligera de lo que recordaba, pero el peso de su significado era abrumador. Pensó en la chica que había sido: testaruda, desafiante, siempre empujando los límites establecidos para ella. Y pensó en la mujer que quería convertirse: alguien que pudiera enfrentar sus errores con valentía y humildad.
Clara respiró hondo, armándose de valor. Esta era su elección, su decisión de asumir la responsabilidad por sus acciones. No se echaría atrás.
Con la vara en la mano, salió del cuarto de los niños y regresó al estudio. Cada paso sentía como un viaje, un paso del pasado al presente, de la evasión a la responsabilidad. Al llegar a la puerta del estudio, se detuvo, con el corazón latiendo con fuerza. Luego empujó la puerta y entró.
Charles la esperaba, con una expresión calmada pero seria. Se levantó de la silla y tomó la vara de sus manos, con un toque gentil pero firme. "¿Estás segura, Clara?", preguntó una vez más.
Ella sostuvo su mirada, con la resolución inquebrantable. "Lo estoy".
Él asintió, con un brillo de orgullo silencioso en los ojos. "Entonces, comencemos".
Capítulo 4: La lección
El estudio estaba en silencio, salvo por el suave crepitar del fuego en la chimenea. Clara estaba de pie frente a su tío, con las manos apretadas frente a ella, las faldas recogidas en un revoltijo detrás, el corazón latiendo con fuerza. Charles sostenía la vara en la mano, con una expresión calmada pero seria. La observó un momento, su mirada llena de una mezcla de severidad y compasión.
"Clara", comenzó, con voz firme, "esto no se trata de infligir dolor por el simple hecho de hacerlo. Se trata de enseñarte el valor de la responsabilidad y la fortaleza que viene de enfrentar los propios errores. ¿Lo entiendes?"
Ella asintió, con la garganta apretada. "Lo entiendo, tío Charles. Estoy lista".
Él señaló el sillón junto a la chimenea. "Muy bien. Ponte aquí, por favor".
Clara se dirigió al lugar indicado, con las piernas temblando bajo su peso. Agarró el respaldo del sillón, con los nudillos blanqueándose mientras se preparaba. Charles se colocó detrás de ella, su presencia tanto tranquilizadora como intimidante.
"No será fácil", dijo suavemente. "Pero quiero que recuerdes que no estás sola. Estoy aquí contigo, y estoy orgulloso de ti por dar este paso".
"Gracias", susurró Clara, con la voz temblorosa.
El primer golpe llegó rápidamente, un chasquido agudo que resonó en la habitación. Clara jadeó, apretando los dedos en el sillón. El dolor fue inmediato, pero apretó los dientes, decidida a soportarlo.
"Uno", contó Charles, con voz calmada. "Esto es por las deudas que has acumulado, Clara. El dinero no es solo un recurso; es una responsabilidad. Debes aprender a manejarlo con sabiduría".
"Lo entiendo", dijo ella, con voz tensa pero decidida.
El segundo golpe aterrizó, y Clara contuvo un grito. Las lágrimas brotaron en sus ojos, pero las parpadeó, concentrándose en las palabras de su tío.
"Dos", dijo Charles. "Esto es por las compañías que has frecuentado. Rodéate de quienes te eleven, no de quienes te arrastren hacia abajo".
"Tienes razón", admitió Clara, con la voz temblando. "He sido descuidada".
El tercer golpe fue más fuerte, y Clara contuvo el aliento. Apretó el sillón con más fuerza, con la resolución tambaleándose pero sin romperse.
"Tres", continuó Charles. "Esto es por las oportunidades que has desperdiciado. La vida está llena de posibilidades, Clara, pero deben aprovecharse con propósito".
"Lo sé", dijo ella, con voz apenas audible. "He perdido demasiado tiempo".
El cuarto golpe llegó, y Clara dejó escapar un pequeño sollozo. Sus piernas temblaban, pero se obligó a mantenerse erguida.
"Cuatro", dijo Charles, con un tono más suave. "Esto es por el dolor que te has causado a ti misma. Eres digna de amor y respeto, Clara, pero primero debes dártelo a ti misma".
Las lágrimas corrían por su rostro ahora, pero asintió. "Lo estoy intentando, tío Charles. De verdad".
El quinto y último golpe fue el más fuerte, y Clara gritó, su cuerpo desplomándose contra el sillón. Charles dio un paso adelante de inmediato, colocando una mano firme en su hombro.
"Ya terminó, Clara", dijo suavemente. "Lo has hecho bien".
Ella se volvió hacia él, con los ojos llenos de lágrimas pero también con una nueva fortaleza. "Gracias", dijo, con voz temblorosa pero sincera. "Necesitaba esto. Necesitaba enfrentar lo que he hecho".
Charles la atrajo hacia un abrazo gentil, sus brazos cálidos y reconfortantes. "Estoy orgulloso de ti, Clara. No solo por soportar esto, sino por tener el valor de pedirlo. Eres más fuerte de lo que sabes".
Ella se aferró a él, con las lágrimas empapando su abrigo. "Lo siento, tío Charles. Por todo".
Él la sostuvo con fuerza, con voz suave pero firme. "El pasado quedó atrás, Clara. Lo que importa ahora es el futuro. Y creo en ti".
Permanecieron allí por un largo momento, con el fuego crepitando suavemente de fondo. Clara sintió que un peso se levantaba de sus hombros, una carga que había llevado por demasiado tiempo. Había enfrentado sus errores, y al hacerlo, había encontrado un camino hacia adelante.
Cuando se separaron, Charles tomó su rostro entre las manos, con los ojos llenos de amor paternal. "No estás sola, Clara. Estoy aquí para ti, siempre".
Ella sonrió a través de las lágrimas, con una sensación de paz asentándose en su interior. "Gracias, tío Charles. Por todo".
Fin
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